En el Paleolítico
Superior se verifica la presencia humana en la Patagonia. Sus orígenes
datan de los 30.000 a los 10.000 años antes de Cristo, encontrándose
testimonios rupestres de manos pintadas en negativo, similares a las
encontradas en Europa.
Más adelante, en el neolítico, fueron llegando a las cercanías
del Nahuel Huapi, desde el sur los tehuelches, del este los puelches,
y del norte los pehuenches; prevaleciendo entre ellos una forma pacífica
de convivencia, que terminó en el siglo XVII con el proceso de
araucanización.
A través del mismo, estos grupos indígenas resultaron
absorbidos por la cultura mapuche o araucana, más fuerte y avasallante,
y que derivara del sur de Chile, debido al acorralamiento implacable
del invasor español.
Medio siglo antes, ya habían llegado rumores a oídos del
capitán don Francisco De César, sobre la existencia de
una fabulosa ciudad construída en oro y piedras preciosas, a
orillas de un gran lago, en territorios del sur.
Evangelizadores y militares, se lanzaron en vano a su busqueda, encontrando
muchas veces, en la combatividad de los indígenas un destino
trágico y la imposibilidad de incorporarlos a la civilización.
Tal fue el caso de los Padres Nicolás Mascardi, Guillelmo, Elguea
y Laguna.
Posteriormente, durante más de un siglo, no se tuvieron noticias
ciertas de estas regiones, ya que recién en 1860 son emprendidas
nuevas expediciones de reconocimiento, desde Chile por Cox, y desde
Argentina por el Perito Francisco Moreno.
Se encuentran con población
índigena alertada por el avance de la "civilización".
Referentes como el cacique Sahiueque -símbolo y síntesis
de la presencia aborigen en la Patagonia: progenitores tehuelche y mapuche-
verdadero "Señor de las Manzanas", que con concepción
democrática y participativa convocaba a fin del siglo pasado
al "Ulmen", verdadero parlamento de todos los caciques patagónicos
para decidir sobre la inexorable presencia del hombre blanco sobre estas
regiones. Con realismo encara negociaciones con la avanzada "huinca"
del Doctor Moreno.
Esta vocación acuerdista y de respeto por ambas posiciones: la
del indígena dueño de estos territorios y la del blanco
en la necesidad de extender su presencia, concluirá en 1879 con
la Campaña al Desierto que incorpora totalmente la región
al dominio del gobierno nacional argentino.
De su legado cultural poco ha quedado en la región de los Lagos,
zona depredada por el hombre blanco que se apoderó de restos
arqueológicos vivientes.
En 1895, Carlos Wiederhold instala el primer almacén de ramos
generales, pero recién el 3 de mayo de 1902 se da carácter
oficial de fundación al asentamiento que lleva el nombre de San
Carlos de Bariloche; Carlos en homenaje a Wiederhold y Bariloche de
una deformación del término Vuriloche.
A fines de ese verano, arriban al Nahuel Huapi, provenientes de Buenos
Aires, los primeros visitantes que se autotitulan turistas: Aarón
Anchorena, Carlos Lamarca y Esteban Lavallol.
Más tarde, comienzan a abrirse las rutas de llegada a la ciudad
hasta que en 1913 se termina de construir el primer camino para autos,
gracias a la visita del ex presidente norteamericano, Teodoro Roosvelt;
y en 1921 se produce el primer arribo en avión a Bariloche, que
partiendo el día anterior desde San Isidro, en la provincia de
Buenos Aires, hace escalas en Bahía Blanca, Río Colorado
y Cipolletti. Finalmente, una década después se produce
la llegada del primer tren.
En 1936, gracias a la inspiración de Exequiel Bustillo, se realizan, a su instancia, y con la colaboración profesional de su hermano Alejandro y del arquitecto Estrada, importantísimas obras como el Templo Mayor, el Centro Cívico, como así también el Hotel LLao LLao y la Capilla San Eduardo, comenzándose así a delinear la vocación turística de la ciudad.